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La otra amenaza china

07/04/2003

Antes se decía que si todos los chinos diesen una patada en el suelo al mismo tiempo, el mundo sufriría un terremoto. Ahora se dicen otras cosas, quizás tan exageradas como esa. Por ejemplo, que China está exportando deflación al mundo, o que obligará a reducir los precios de casi todo. ¿Supone esto un peligro para la humanidad? Más bien diría yo que supone una bendición.

Hay un país con mil cien millones de habitantes que están dispuestos a trabajar por sueldos muy bajos. O sea que todo lo que se produzca allí tendrá costes muy bajos. Ésa es su ventaja competitiva, y es lógico que la aprovechen. Y eso, obviamente, nos perjudica a los demás que, por tener costes laborales más elevados, no podemos competir a esos precios.

No obstante, esto no es algo nuevo. Ha venido ocurriendo con todos los países que se han industrializado y han empezado a competir con las economías avanzadas. Es la historia de España en la segunda mitad del siglo XX, y de Japón, y luego de Taiwán, Corea, Singapur, etc. La diferencia es que en China hay muchísima más mano de obra y su capacidad competitiva es mucho mayor.

¿Puede esto provocar la caída de los precios? Sí, al menos mientras sigan llegando al mercado laboral chino oleadas de millones de ciudadanos dispuestos a trabajar por salarios menores a los que pagamos aquí. ¿Son una competencia para nosotros? Sí, feroz. ¿Arrasarán nuestra industria? No, desde luego, a menos que nosotros nos dejemos arrasar.

De nuevo pasará en China lo que pasó en el resto del mundo cuando se incorporó al crecimiento económico sostenido: pueden producir barato aquello para lo que tienen ventaja relativa, pero no la tienen en lo que comporte niveles tecnológicos más sofisticados. O sea, que lo que debemos hacer nosotros es trepar por la escalera del progreso tecnológico y seguir siempre unos pasos por delante de ellos, cerrando nuestras industrias tradicionales y abriendo otras nuevas, sin prisa, aunque sin confiarnos.

La discusión sobre el peligro chino va más lejos, porque añade que ellos tienen exceso de capacidad en muchos sectores, lo que fuerza a una continua reducción de precios. Pero esto tampoco es causa de una deflación mundial. Si producir cien millones de unidades de algo es más barato por unidad que producir diez millones, entonces lo lógico es montar una planta para producir cien millones, aunque a corto plazo una parte de su capacidad se quede sin utilizar; siempre que haya esperanza de que, en unos años, el uso de la capacidad sea pleno. Y eso es lo que ocurre con casi todo, en un mercado que crece entre el 7 y el 10% cada año.

Sin embargo, esto no es un invento chino, sino consecuencia de un mercado enorme que se espera que crezca muy rápidamente. Y eso vale para los que fabrican televisores en China, como también para los que fabrican coches fuera para el mercado chino. Sin duda, hay en China excesos de capacidad, si bien esto no implica que los precios estén condenados a caer durante largos períodos de tiempo. Como el hecho de que haya exceso de capacidad mundial en la fabricación de coches pequeños no quiere decir que el precio de los monovolúmenes se vaya a resentir.

En China, como aquí, las leyes económicas funcionan de la misma manera. El país ha crecido mucho, se ha generado mucho ahorro y, por tanto, hay una gran presión para llevar a cabo inversiones que aumentan la capacidad productiva. La competencia es muy fuerte. El acceso a las mejores tecnologías está a su alcance, como también lo está al nuestro. Por tanto, resulta lógico que durante algunos años la producción aumente sin que los costes se disparen, sobre todo mientras la reserva de mano de obra abundante, barata y motivada siga siendo disponible.

La diferencia principal es que ellos tienen un mercado que es más de tres veces el de la Unión Europea ampliada, y sin muchas de nuestras barreras. Lo que quiere decir que debemos acelerar la unificación europea y el libre comercio mundial para conseguir aquí la ventaja del gran mercado que tienen allí. Pero olvidémonos de sus bajos salarios: estos no los tendremos nosotros ni queremos tenerlos. Y también los perderán ellos: es ley de vida que con el crecimiento económico, los salarios aumenten, de modo que, finalmente, ellos perderán también sus ventajas en productos intensivos en trabajo, como las perdió Japón, como las perdió España, y como las está perdiendo el resto del mundo que crece.

Otra diferencia importante entre China y nosotros está en que sus reglas del juego son distintas. Allí –dicen – las reglas de la quiebra son distintas, de modo que una empresa puede perder dinero año tras año, reventando precios, sin que nadie haga una OPA o inste la quiebra y el cierre. Pero esto, que nosotros vemos como un problema, debe ser una bendición para sus trabajadores –recordemos con qué acentos lúgubres se pide en nuestro país que la administración evite el cierre de las plantas inviables. No obstante, todo es cuestión de tiempo. Si sus fronteras se van abriendo para que entren los capitales exteriores, al final deberán adaptar mínimamente sus instituciones a las nuestras.

Antonio Argandoña, profesor del IESE. Publicado originalmente en La Gaceta de los Negocios el 15 de febrero de 2003.