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Entrevista a Sameena Ahmad, editora de Negocios de “The Economist”

27/03/2014

La editora de ‘Negocios’ de la revista The Economist, Sameena Ahmad, sostiene que actualmente, en contra de lo que muchos mantienen, los gobiernos son más poderosos que las empresas y que hay menos países pobres gracias a las multinacionales. Sin embargo, cree que todavía queda pendiente bastante por hacer. En los últimos meses, sus ideas, en defensa de la globalización, le han hecho saltar a las cabeceras más leídas de todo el mundo.

Sameena Ahmad es una británica de origen árabe que edita la sección ‘Negocios’ de la prestigiosa revista inglesa The Economist. Durante los últimos meses, ha sorprendido a la opinión pública internacional al enfrentarse desde las páginas de la publicación a Naomi Klein, autora de No Logo, manifiesto de los activistas antiglobalización de todo el mundo.

Klein fue considerada una de las personas menores de 35 años más influyentes del mundo por el periódico inglés The Times. Su libro ha sido traducido a siete idiomas y muchos lo consideran la expresión más dinámica de la izquierda desde la década de los sesenta. Por eso, la opinión de Ahmad descalificando sus ideas desde The Economist ha resultado de interés general y ha reflejado la opinión de muchos otros que no suelen asistir precisamente a ese tipo de manifestaciones.

Además, su postura es doblemente llamativa si se tiene en cuenta que, por tradición, ningún redactor de la revista adquiere notoriedad pública, ya que los reportajes no se firman. Desde su fundación, en 1843, los periodistas —todos a favor del libre comercio— se han mantenido en el anonimato para cuidar sus espaldas en tiempos donde el liberalismo económico podía resultar violentamente impopular.

El debate, que comenzó con artículos de una y conferencias de la otra, terminó en un encuentro cara a cara en Nueva York donde miles de personas se quedaron sin entrada para poder escuchar la discusión entre ambas mujeres. Los puntos de desencuentro son varios.

Mientras que Klein ataca a las multinacionales como Nike o Shell y a instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial acusándolas de esclavizar a las poblaciones del Tercer Mundo o de, al menos, no intentar ayudarlas; Ahmad las considera, como poco, hacedoras de beneficios económicos para los países en vías de desarrollo y “artilugios” para que el mundo no vaya peor de lo que está.

Por otra parte, Klein sostiene que las firmas transnacionales han sobrepasado en poder a los gobiernos y que, consecuentemente, son las responsables de la situación mundial actual; sin embargo, la editora de `Negocios´ de The Economist piensa que las administraciones siguen manteniendo el control en la toma de decisiones.

Por último, si la autora de No Logo califica a la resistencia anticorporativa —presente, desde su primera aparición masiva en Seattle en 1999, en todas las calles de las ciudades donde se celebran foros internacionales— capaz de encontrar soluciones “para este planeta vendido”; Ahmad cree que los activistas generalmente ni siquiera comprenden las causas por las que luchan.

¿Por qué cree que los gobiernos son los responsables de la pobreza y no las multinacionales?

No creo que los gobiernos sean los únicos culpables ni que las compañías transnacionales nunca lo sean. Lo que pasa es que los primeros, por lo general, son mucho más poderosos que las empresas. Son las administraciones, y no las sociedades, las que deciden iniciar o no una guerra, por ejemplo.

Al tener más autoridad cargan también con una mayor responsabilidad para controlar la corrupción, asegurar que existe la ley, y proporcionar educación, agua potable y comida a todos sus habitantes. Esos aspectos no atañen a las compañías. Por eso, cuando los activistas antiglobalización protestan contra Shell en vez de contra la Administración de Nigeria, por citar un caso, están equivocados y se están desviando del problema central.

La petrolera ha hecho mejores cosas por ese país que sus propias autoridades. El Estado no es atacado porque es mucho más lento y difícil de cambiar. En cambio, las empresas deben rectificar sus acciones muy rápidamente porque la opinión pública las presiona sobremanera para que hagan lo correcto. El verdadero desafío es hacer que las administraciones modifiquen su manera de actuar.

Sin embargo, algunos sostienen que las firmas transnacionales cuentan con una notable influencia en los gobiernos por la gran cantidad de dinero que aportan a los Estados.

Es cierto, pero no son las únicas que influyen en las administraciones. Los sindicatos, por ejemplo, poseen a menudo un gran poder. En una democracia todos tienen derecho a presionar a favor de sus intereses. Si una compañía no es corrupta, es muy difícil que utilice dinero para ser favorecida por una administración.

En cambio, cuando un gobierno es corrupto, es posible que una empresa, un sindicato o cualquiera use fondos o poder para intentar controlarlo, porque no existe ninguna cuestión moral acerca de esa manera de actuar. No es justo ni equilibrado decir que son las firmas las que ostentan todo el poder.

¿Qué es lo que deberían hacer las naciones donde la globalización y los consejos del FMI no ayudan a prosperar?

El FMI no ha sido suficientemente duro en multitud de casos. Es un claro ejemplo de cómo los activistas han cambiado las cosas para peor. Al igual que desde las Naciones Unidas, donde se les está escuchando mucho sin haber sido elegidos democráticamente. El resultado es que estas instituciones se vuelven menos estrictas y justamente cuando un Estado está en crisis es cuando tienen que ser más rígidas.

Argentina es una muestra de esta falta de rigor y de cómo la población se enojó demasiado pronto y culpó al FMI pero no a los gobiernos corruptos. No hay que olvidar que sin instituciones como éstas, las naciones lo tendrían más difícil a la hora de salir de una crisis.

¿Por qué cree que los países que no se han unido a la globalización son los que padecen peores situaciones económicas?

Simplemente, porque el libre mercado permite a los Estados crecer económicamente y escapar de la pobreza. Si se permite que una nación se abra —aún cuando esto provoque una situación dolorosa si no se protegen las propias industrias porque los habitantes pueden perder sus empleos— resultará finalmente beneficioso: las industrias locales se verán forzadas a analizar su situación y rendimiento y a preguntarse cómo competir y ser mejores.

La competencia, como la innovación, es siempre saludable y sirve para que los precios desciendan. A veces, esto puede llevar un tiempo y, si el mercado estaba previamente protegido, es posible que desencadene ciertas situaciones traumáticas. Pero si se cierra el territorio al exterior, la economía cae en picado, los precios suben, la gente se empobrece y tiene menos opciones.

Japón es un ejemplo de lo que estoy diciendo y demuestra cómo aumenta el pesimismo y la insatisfacción en la población en estos casos. No es sorprendente que muchas de las naciones que hoy en día vemos como terroristas sean las que no se han abierto al libre comercio y a la globalización. Los ataques contra los Estados Unidos reflejan altas dosis de enojo y envidia.

Algunas de las grandes multinacionales están sufriendo importantes pérdidas y hay quien sostiene que esto se debe a los crecientes sentimientos antiamericanos o antioccidentales, ¿qué opina al respecto?

EE UU es uno de los países más exitosos, libres y democráticos del mundo. A causa de su poder y autoridad no recibe buena acogida en algunos sitios. Pero es como el caso del estudiante más listo de la clase. Por eso EE UU debería, de alguna forma, esperar ciertas críticas por parte de Occidente. Algunos consumidores prefieren no comprar marcas norteamericanas como forma de castigar a esa nación por su éxito.

Personalmente, creo que eso está mal o, al menos, puede ser considerada una respuesta curiosa; aunque entiendo la psicología que hay detrás de ella. En general, EE UU se encuentra en una buena situación económica y no pienso que ningún boicot logre afectar a sus grandes empresas o marcas. Es posible que esto cambie en el caso de una guerra.

A pesar de lo que puedan decir algunos, la mayoría que compra todos los días, elige productos estadounidenses porque les gustan y son baratos. Vemos películas y televisión norteamericanas de la misma forma que vemos las propias o adquirimos artículos nacionales. Somos muy globales en nuestros comportamientos de cara al consumo. EE UU no domina, pero ofrece buenas opciones y ventajas a los consumidores.

Explicó que cuando las compañías —adecuadamente reguladas y actuando dentro del marco de la ley— tienen ganancias, acaban incrementando la prosperidad general. En cambio, algunos argumentan que esta afirmación sólo es cierta en el caso de que se realice una redistribución de los ingresos, lo que no parece obedecer a la realidad, ya que cada vez hay más pobres y con menos recursos y menos gente más rica.

No, las evidencias muestran lo contrario. De hecho los ingresos en el mundo aumentan y la pobreza se reduce. Hay menos Estados que exhiben salarios medios por debajo de la línea de la pobreza como resultado de comerciar con las multinacionales. Sólo aquellos que protegen sus mercados y no permiten el libre comercio y la competencia, como algunas naciones africanas, están estancándose.

Asimismo, en uno de sus reportajes aseguró que el marketing está atascado en el pasado, ¿por qué?

En EE UU y en el mundo occidental en general, el creciente conocimiento que tienen los consumidores a cerca de los productos, las técnicas de venta y las tácticas publicitarias coge por sorpresa a los departamentos de marketing.

Actualmente, las compañías son tan grandes que cada decisión toma su tiempo y no pueden moverse al ritmo del cliente. Es muy difícil encontrar nuevas fórmulas de venta. A menos que tengan un producto nuevo o muy bueno o una fórmula de comercialización realmente inteligente, en los Estados occidentales no se alcanzan resultados provechosos de forma fácil. Las personas dedicadas al marketing están siempre al acecho de la “próxima gran idea”.

¿Una de esas nuevas ideas es la responsabilidad social corporativa?

Las compañías harán lo que sea para gustar a los consumidores y si éstas creen que los clientes comprarán sus productos porque son mercancías “éticas” o con algún tipo de responsabilidad social unida a éstas, se esforzarán por vender artículos de esa clase. En Gran Bretaña, por ejemplo, muchos compradores optan por la comida biológica y están dispuestos a pagar más por ella y las empresas que venden esa línea de alimentos es porque obtienen beneficios elevados.

En algún momento ha dicho que las marcas actúan como “palancas” para aumentar los estándares de calidad. Si cada vez hay más monopolios y, en consecuencia, menos competencia, ¿qué necesidad tienen de impulsar la creación de productos o servicios de mejores características, si de todos modos son sus artículos los que copan el mercado?

No creo que haya más monopolios ahora. Al contrario, justamente en la actualidad hay más empresas, más opciones para el consumidor y, por lo tanto, menos monopolios. Las marcas son un signo de que la competencia está funcionando.

En la Unión Soviética no había que identificar a un producto con una marca porque había una sola opción, sin importar su precio o calidad. Cuando las compañías compiten entre sí, deben encontrar la manera de hacer interesante el bien que intentan vender, por lo que deja de haber monopolios y aumenta la calidad general.

Por otra parte, mientras que Naomi Klein sostiene que muchos trabajadores orientales están siendo esclavizados por las grandes firmas, usted mantiene que éstas deben ser “depositarias de la confianza” de los consumidores. ¿Cómo es posible ganarse la lealtad de un cliente que conoce tal aseveración?

Creo que “esclavitud” es un término muy emocional. A pesar de que es cierto que las multinacionales pagan salarios más bajos en los países en vías de desarrollo de lo que otorgarían en los desarrollados, esas nóminas son a menudo las mejores y más altas de la región. Además, sólo las empresas transnacionales son capaces de cubrir los seguros de salud o beneficios extra de sus trabajadores.

En Occidente podemos considerar que están cobrando poco dinero, pero, efectivamente, los habitantes de Indonesia o de Vietnam, por ejemplo, desean ser parte de este tipo de empresas. Para ellos es mejor que volver al campo. Por eso es incorrecto decir que están siendo esclavizados. De hecho, cuando una compañía de esta clase cierra, son los habitantes locales los que protestan.

Por otra parte, es necesario aclarar que las multinacionales deben ser “depositarias de confianza” porque son muy conocidas y todo lo que hagan se hará público con rapidez. Para ellas, es vital ser más cuidadosas y correctas que las compañías locales. Los activistas protestan contra las grandes corporaciones pero nunca se han fijado en las firmas nacionales desconocidas. En ocasiones, no entienden las causas por las que luchan ni las condiciones particulares de los Estados en desarrollo.

Fuente: Johana Kunin