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El buen rastro de la trazabilidad

27/03/2014

Da igual que no figure en el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Pocas palabras se escuchan tan a menudo en el mundo de la logística en los últimos tiempos como trazabilidad. Quizá su sonido no sea muy armonioso pero ya gorma parte del día a día de infinidad de empresas. Y sólo es el principio.

Para quien aún no tenga claro el concepto, el Reglamento Europeo 178/2002 explica que este término hace referencia a "“la posibilidad de encontrar y seguir el rastro –a través de todas las etapas de producción, transformación y distribución- de un alimento, un pienso o un animal destinado a la producción de alimentos y de cualquier sustancia destinada a ser incorporada en alimentos o piensos o con probabilidad de serlo.

Desde el mes de enero, la trazabilidad – un término cada vez más importante en el mundo de la empresa- es obligatoria en todas las firmas del sector alimentario. En una primera reflexión, no cabe ninguna duda de que es una medida positiva. Tal vez con iniciativas como ésta logremos que estudios tan sobresalientes como el “Sexto Barómetro de Confianza 2005” confeccionado por la multinacional de la comunicación Edelman arroje el año que viene otros resultados.

Según este prestigioso informe –elaborado entre 1.500 líderes de opinión de ocho países-, las empresas de alimentación son las que menos confianza despiertan. Un dato, totalmente injusto, que la industria tiene que anotar en su libreta de tareas pendientes. El consumidor debe saber qué procesos ha pasado el alimento que va a consumir o de dónde procede su alimentación. La implantación de este sistema va a permitir un mejor control del almacén, del stock y, por lo tanto, una mejor gestión. Algo que nadie duda servirá para reducir costes y ahorrar dinero. Al menos a medio y largo plazo.

Es cierto que a corto plazo la regulación deja algunas dudas flotando en el aire. La ley no define el sistema de trazabilidad que deben implantar las empresas. Cada una tiene que diseñar su propia estructura en función de la actividad que realice, su volumen de producción y las tecnologías de la gestión de la información de las que disponga.

Desde luego, esto complica su aplicación y para las firmas de tamaño reducido puede ser (de hecho lo está siendo) un quebradero de cabeza. La tecnología para una pyme se percibe todavía –queremos verlo o no- como un gasto y su introducción continúa siendo, desgraciadamente, muy limitada. El Ministerio de Sanidad ha comentado que para facilitar las cosas se ”"pueden emplear registros sobre papel, tecnologías con soportes informáticos, códigos de barras, radiofrecuencia…”".

Todo parece valer. Sin embargo, a nadie se le escapa que controlar algo tan delicado como es la alimentación con una hoja y un lápiz en la mano no parece ser lo más apropiado. Habría que exigir más información por parte de la Administración y ayudas públicas para las pymes que faciliten la incorporación de soluciones tecnológicas que, de verdad, ayuden a despejar la incógnita de la trazabilidad.